Cuento con ellos

20.1.11

QUE NO SE ENTERE...


¿Cómo explicarle a su padre que aunque
revisara el cuarto todas las noches,
ella no estaba allí?...

Llegaron a Córdoba luego de un viaje aburrido y agotador.
Milagros, demasiado pequeña en sus viajes anteriores, no recordaba la casa de su abuela paterna y estaba excitada. Había oído tanto de su belleza que, apenas supo de la partida, alimentó la fantasía de explorar jardines y cuartos a su antojo.
Pero se extrañó cuando al decidir el viaje, sus padres le recomendaron expresamente no molestar a su bisabuela. Parecía que los niños alteraban su humor y como ya no caminaba, vivía recluida en un cuarto de la planta alta. Sólo bastaría que se mantuviera alejada y entreteniéndose con todo lo demás.
Milagros sabía de la existencia de la anciana, pero recién había tenido cabal conciencia la semana anterior cuando, en una cena familiar de caras y voces crispadas, se tomó la decisión del viaje que parecía entusiasmarle sólo a ella.
Ni siquiera Leticia, su hermana mayor, compartía su alegría. Todo lo contrario. Fastidiada y severa había repetido la recomendación de sus padres.
Se sintió, en parte, desilusionada. Ninguno de sus compañeritos de jardín tenía una bisabuela, y se había dado corte durante toda la semana asegurándoles que la centenaria viejita la esperaría con los brazos abiertos.

La realidad había resultado otra...
La abuela Amalia los recibió efusiva y cálida cuando arribaron, y Milagros se sintió feliz de volver a verla. La mujer, en sus espaciadas visitas a Buenos Aires, los llenaba de regalos y la pequeña siempre resultaba la más favorecida.
Después de los abrazos iniciales, entraron cariñosamente enmarañados a la casa y Mili observó por primera vez el enorme salón de recepción. Estrenando una desmesura de ojos y labios abiertos giró sobre sí misma y devoró el lugar. Se perdió en las tonalidades que los cristales derrochaban sobre cuadros y paredes, y escuchó las voces que se amplificaban y envolvían en el eco que producían.
En una combinación exquisita, el perfume de las flores frescas que adornaban cada rincón, le corroboró a sus sentidos que la imaginación se había quedado corta.
Inspiró profundo, y apretando el osito rosa aún más contra su pecho, sonrió.
Esto era sólo el comienzo.
Embelesada, miró a sus padres que hablaban circunspectos con la abuela Amalia. Y a su hermana que, parada a su lado, oscilaba la cabeza taladrada por los auriculares, mientras restregaba las suelas de sus zapatillas en unos mosaicos sobre los que la pequeña hubiera deseado volar.
Su expresión mutó en el instante exacto en que comprobó, una vez más, cuan aburrida se volvía la gente cuando crecía.
Luego de unos minutos de fascinación, sintió la mano de Leticia tirando de ella para subir a los cuartos que tenían preparados.
Ni bien acomodaron el equipaje, bajaron nuevamente al salón. Milagros apenas tuvo tiempo de escuchar que la bisabuela descansaba en la última habitación de aquel pasillo.

Amalia misma los condujo hasta el comedor familiar. Aunque faltara para la cena, allí estarían más cómodos y tranquilos; y además la abuela deseaba mostrarles unos videos que su hermano enviara desde República Dominicana.
El hombre había viajado a su país natal en busca de los tramos de una niñez truncada por la emigración repentina de sus padres a la Argentina. Amalia nunca había sentido esa necesidad porque había nacido aquí, al año siguiente de la llegada de su familia.
Entretenidos por las imágenes y comentarios nadie parecía prestarle atención a la niña, así que se sintió reconfortada. Eso significaba que podría empezar a cumplir sus fantasías. Sólo le dijeron que no tardara demasiado cuando pidió permiso para buscar algo que había dejado olvidado en el bolsito que estaba en la habitación.
Lo último que vio antes de salir fue la mirada de su hermana que, sin quitarse los auriculares, le recordó la advertencia con un gesto inequívoco al colocar el dedo índice fugazmente bajo su ojo.
Milagros asintió con la cabeza y salió del comedor.

La curiosidad de los chicos es más poderosa que cualquier recomendación pero la pequeña, sumisa y obediente, solía acatar los pedidos de sus padres sin mayores dificultades. Por eso el aleteo que se anunció en el estómago al ver la puerta del cuarto de su bisabuela, le pareció un mal presagio.
Desdeñando la incómoda sensación entró a su propia habitación para buscar lo que quería. El único problema fue que, una vez allí, se dio cuenta de que no quería nada. La íntima razón por la que había pedido permiso para salir, se encontraba en aquel cuarto al final del pasillo.
Y un nuevo cosquilleo la atravesó.
Sacudió la cabeza en un intento de ahuyentar las tentaciones y volvió a salir resuelta a regresar al comedor. Pero no pudo resistir pispiar la puerta en un último y curioso gesto.
¿Y si se acercaba sólo para escuchar? Eso no significaría molestar a la anciana y, tal vez, el simple acto aplacaría sus inquietudes.
Decidió probar y, exagerando los movimientos, caminó en puntas de pié hasta el final del pasillo. Silenciosa y diletante, apoyó la oreja sobre la puerta y esperó.
No escuchó nada.
La certeza que la convenció de que aquella incursión calmaría su ansiedad infantil dio paso una incipiente frustración.
Pegó aún más la cabeza y presionó con las manitos sobre la madera para sostenerse. Cuando el carraspeo se filtró desde la habitación, la sorpresa le asestó un nuevo golpe a la barriga y trastabilló hacia atrás. Estuvo a punto de desparramarse en el pasillo.
En medio de su asombro, una pregunta terminó de rematar su seguridad.

— ¿Quién está ahí?

Milagros quiso volar escaleras abajo pero sus piernas, atornilladas, no se inmutaron.

— ¿Quién está ahí?— Repitió el susurro.

Sin escapatoria ni voluntad para otra cosa, la niña presionó el picaporte y entró a la habitación.

— Yo, Mili. — Contestó suavemente.

La esperable penumbra interior le dilato las pupilas que se estremecieron con la luz de una lámpara de noche que delimitaba el sector más alejado del cuarto. A su costado, pudo percibir la silueta de una anciana recostada en un sillón.

— ¿Y quién es Mili?— murmuró la esfumada figura.
— La nieta de Amalia.

La niña seguía parada junto a la puerta y su vocecita atravesó el ambiente con encanto.

— ¡Ah, sí!...La nieta de Amalia… ¿Mi Amalia?
Si. La mamá de mi papá.
— Ya, ya. ¿Por qué no te acercas un poco? No puedo verte bien.

La pequeña se adelantó unos pasos.

— Mili… ¿Y qué nombre es ese? ¿Así te llamas?
— Me llamo Milagros, pero todos me dicen Mili.

Un leve siseo se escapó de la boca de la anciana.

— Milagros… ¿Yo no te conozco, verdad?
— No.
— Claro que no…— La respiración jadeaba entre las palabras. — Y cuéntame… ¿viniste con tus padres?
— Si. Y con mi hermana Leticia. 
— A ella sí que la conozco… ¡Así que es tu hermana!…

El timbre apagado se perdía en un leve acento extranjero que lo hacía más sutil.

— ¡Pero eres muy pequeña! ¿Cuántos años tienes?
— Cinco. El mes que viene cumplo seis.

Mientras contestaba avanzó un poco más. La luz le devolvió un semblante surcado de grietas profundas y fláccidas.

— ¿Y que haces aquí?— Volvió a preguntar la mujer.
— Vinimos a visitarlas.

La anciana arqueó las cejas y con esfuerzo adelantó el torso apoyando una mano huesuda sobre su rodilla.

— ¿A visitarnos?— Preguntó.
— Sí. — contestó Milagros.

La mujer permaneció expectante, observándola. Por un instante su edad fue indescifrable. Mucho más allá que a los ojos de la niña.

— Mira qué bien…— dijo finalmente.

La pequeña comenzó a inquietarse. El lugar era demasiado oscuro y la bisabuela no resultaba ser lo que había imaginado.

— Yo…Yo debería bajar. — Murmuró de pronto.
— ¿Por qué?
— Por qué me pidieron que no tardara demasiado. — Respondió.
— ¿Ellos no saben dónde estás?

Mili sacudió la cabeza.

— Hmm…mal, mal… ¿Y qué más te pidieron?

Con la pregunta, la mujer extendió el brazo y aferró la muñeca de la niña con suavidad. Delicada, la atrajo hasta ubicarla frente a sí. A pesar de su deseo, Mili no ofreció resistencia.

— ¿No me vas a contestar? — Insistió.

En un gesto infantil y avergonzado, Milagros se mordió el labio inferior y agachó la mirada. Y en un murmullo apenas audible, respondió:

— Me pidieron que no te molestara.

La mujer, imperceptiblemente, parpadeó varias veces. Y acercó a la niña unos centímetros más, obligándola a levantar la cabeza cuando le empujó la barbilla con el dorso de la mano. Unos ojos claros se reflejaron en la negrura de los suyos.

— ¿Y por qué te pidieron que no me molestaras?
— Porque…

La chiquita trataba de encontrar las palabras pero la conducta de la bisabuela parecía narcotizarle los sentidos. Estaba subyugada por esa mirada antigua y oscura.

— ¿Quizás porque soy muy vieja y me molestan los niños pequeños como tú?— Concluyó la mujer adelantándose a la respuesta.

Milagros asintió lenta y exageradamente. La mano bajo su mentón le arrugó los cachetes con cada inclinación.

— Pero no me molestas, ¿verdad?
— Nnn… ¿no?…
— No. Claro que no. Y puedes venir cuantas veces quieras.

Con la misma mano con que le había sujetado la carita, acarició la mejilla regordeta simulando un pellizco. Y las encías vacías asomaron en una sonrisa grotesca que no hizo más que acentuarle los surcos.
Inesperadamente, el rictus de la mujer cambió y se recostó en el sillón en medio de un repentino ataque de tos.
Milagros trató de ayudarla pero ella la retiró con rudeza. Cuando se calmó volvió a repetir la deplorable sonrisa.

— Gracias. — Le dijo recomponiéndose.
— Por nada.

La suave cordialidad de la mujer incomodaba a la niña que, sin entenderlo realmente, la percibía fingida y velando una inexplicable hostilidad. Deseó irse con todas sus ganas y se alejó unos pasos caminando hacia atrás. Sacudiendo la manito a la altura de su pecho empezó a saludarla, pero cuando giró, una pregunta más detuvo su partida.

— ¿Le vas a contar a los demás que viniste a verme?

La duda se apoderó de la niña.

— Te van a preguntar donde estuviste. ¿Qué les vas a decir? — La voz se había cascado aún más después de aquel abrupto ataque de tos.

La pequeña buscaba una respuesta.

— Les puedo decir que te escuché toser y que vine a ver que te pasaba.
— ¿A pesar de la advertencia? — La vieja escudriñaba el desolado semblante de Milagros. — Van a saber que no les hiciste caso…— concluyó.
— Pero…Yo no te molesté. Vine para saber si estabas bien.

— ¿Y me escuchaste toser desde tu habitación? — La vieja susurraba ininteligiblemente.

Una desazón desconocida hasta entonces recorrió a la niña. Ellos sabrían que se había acercado hasta la puerta aunque se lo hubiesen prohibido, y eso bastaría para que se enojaran mucho.
La vetusta mujer advirtió las tribulaciones y regodeándose extrañamente le hizo una propuesta:

— Puede ser nuestro secreto…
— ¿Secreto?

El asombro de Milagros era genuino. Le encantaba que le contaran secretos porque sabía guardarlos muy bien, pero no deseaba hacer eso con sus padres. Y mucho menos con su mamá. A ella no le gustaba que le ocultara nada y siempre repetía cuánto le molestaban las mentiras. Milagros no quería tener esa clase de secretos.

— A mi mamá…
— A tu mamá no le gustan las mentiras. Lo sé. — La mujer volvía a respirar jadeando. — A nadie le gustan... Ni tampoco las traiciones…

Y volviendo a incorporarse concluyó:

— Pero tú ya lo hiciste pequeña

La confusión de Milagros fue efímera y muy pronto comprendió la realidad. Estaba entrampada en una situación que ella misma había provocado con su desobediencia.
Si les contaba la verdad se enojarían con ella, y si no lo hacía, traicionaría la confianza de su madre y sufriría por el remordimiento.
Miró a su bisabuela que la escrutaba desde la penumbra y decidió optar por el mal menor.
Balbuceando nuevamente una despedida se apuró para salir pero unas últimas palabras volvieron a retenerla.

— Es una verdadera pena… — Prosiguió misteriosa. — Ella ya se enteró.
— ¿Quién se enteró? — Inocente, revoleó los ojos buscando a su madre en la habitación.
— ¿Cómo quién?... ¿No sabes? ¿Nunca te contaron nada?— Repreguntó intrigante.
— No. — contestó Milagros.
— Ella ya se enteró de que no cumpliste tu palabra y le mentiste a tus padres.
— ¿Quién abuela?... ¿Quién se enteró?...Decime…

La vieja se apoyó nuevamente sobre su rodilla y, ahuecando la otra mano al costado de su boca, bajó la voz para decirle:

— Es mejor no nombrarla…

Las inquietantes palabras se fundieron con la oscuridad y Mili se estremeció por entero. El miedo agazapado desde el comienzo se reveló definitivamente en su interior.

— Yo lo sé desde pequeña. — continuó la vieja. — Y mi Amalia también. Lamento mucho que tu padre no te lo haya contado antes de que fuera demasiado tarde. — Concluyó ladeando la cabeza en un gesto de indescifrable compasión.
— ¿Cómo tarde?...

Milagros, en su desesperación, se había acercado al punto de tener a la anciana a unos pocos centímetros de su cuerpo.
Haciendo caso omiso al desconsuelo de su bisnieta, continuó.

— ¡Es una pena!...Si traicionaras la reglas…
— No entiendo abuela… ¿Qué reglas? — Aferrada con sus manos a esas magras rodillas, la miraba con los ojos implorantes y húmedos.

En un suspiro sibilante la decrépita mujer asestó el golpe final, y soltando el relato sin interrumpirse, derribó para siempre la adorable inocencia de la chiquita.

— Ella no es una bruja común...Como las que parecen en los cuentos de hadas y siempre tienen su merecido. — Lanzó sin inmutarse. —No, no pequeña… Ella es de verdad. De las que se convierten en lo que desean y no puedes engañar. Si se entera que les has mentido a tus padres, irá por ti. Estés dónde estés. Y esperará afuera. Amparada por la noche… — Clavando la mirada en el horror de la niña, concluyó: —Y ahora ella se ha enterado… ¿entiendes?...

No. No entendía nada.
Sin advertir que su bisabuela la había aferrado con renovada fortaleza, intentó salir corriendo de allí.
Lo único que había hecho era visitarla a pesar de la recomendación de sus padres. ¿Por qué le contaba esas cosas? ¿Por qué la asustaba mortalmente?

— Le has avisado — continuó —, y ella te ha puesto el ojo apenas entraste a esta habitación. Ahora está feliz, ¿entiendes?... Saboreando...

Milagros luchó por soltarse mientras las palabras siseaban en la pestilente boca y unos dedos retorcidos y escuálidos la sujetaban como garras.

— Velará tus sueños y tus pesadillas, y no permitirá que traiciones sus reglas. Porque si lo haces entrará para llevarte. — El espanto de la pequeña la enardecía. — Tu mentira es su alimento, pero sabe que no es por mucho tiempo.

De a poco dejó de resistirse comprendiendo que se le agotaban las fuerzas.

— Seguirá comiendo de ti mientras el remordimiento no te obligue a confesar. Tarde o temprano lo harás, porque la conciencia de los niños es frágil y la mentira tiene patas cortas. Y ésa será la señal de que traspasaste los límites. El permiso dado por ti para llevarte.
— Pero, ¿por qué?... ¿por qué me va a llevar?...— Su cuerpito ya no luchaba más, acompañado por la devastación de su alma.
— ¡Porque es una bruja, niña! — bramó la vieja. — Y ya no le servirías más. No sería lo mismo. Ella necesita que tu mentira crezca, se enrosque. Que se haga poderosa. Necesita que se enrede y se complique para que ya no tenga patas cortas y no pueda volver atrás.

Con la mirada ardiente y resoplando soltó a la niña que acarició sus muñecas. Intentaba borrar las huellas de la presión aunque fuera imposible.

— Será nuestro secreto. — Sentenció finalmente. — No te queda otro camino.

Recostada nuevamente sobre el sillón, se replegó sobre si misma y no volvió a hablar.
La niña huyó de la habitación aterrorizada.

------

Milagros regresó a su casa tan sombría como su familia, pero nadie reparó en que la luz de sus hermosos ojos claros había desaparecido para siempre la misma noche en que murió su bisabuela.
La encontraron uns horas después de que la niña regresara al comedor, disimulando el horror que le comía las entrañas.
Todos habían estado esperando el desenlace de la mujer, y esa mezcla de alivio y remordimiento que sobrevoló en la ceremonia del entierro ocultó cualquier actitud extraña que hubiera podido filtrarse en la pequeña durante los primeros momentos. Y la solemne compostura de la familia, le permitió disimular a la perfección la desazón que realmente la embargaba.

Nada volvió a ser igual.
¨ Estés dónde estés ¨, había dicho su bisabuela.

Y en el viaje de regreso, la niña tomó su primera decisión…



¨ El cuerpo deforme reptaba en la pared.
La luna no había salido y la oscuridad la amparaba.
Ella podría alimentarse a gusto y esperar.
Sólo sería cuestión de tiempo…

O no…”


10 comentarios:

  1. Este si q me dio un poquito mas de miedo q los otros, pero estuvo buenisimo igual, besitos.

    ResponderEliminar
  2. SIMPLEMENTE GENIAL. SIEMPRE ES UN PLACER PASAR A VISITARTE. (HACIA MUCHO QUE NO VENIA!!) FELICITACIONES!! BESOS.

    ResponderEliminar
  3. Hola Diego! Gracias por visitarme y por tus amables palabras!!!
    Besos!

    ResponderEliminar
  4. Son las 18,35 y brilla el sol; pero he sentido miedo, ¡leñe!
    ¡Que buen relato, Leny! No sé dónde te inspiras, pero me haces vivir las escenas como si yo acompañase al protagonista.
    Volveré. Un beso

    ResponderEliminar
  5. Y espero tu vuelta Juan!!! Ya agendé los datos que me enviaste, así q pronto tendrás lo que te prometí.
    Besazos enormes!!

    ResponderEliminar
  6. Guau! es la primera vez que me paso por tu blog y la historia es impresionante, realmente te deja helada:) volveré a pasarme
    unbeso

    ResponderEliminar
  7. Maravilloso !!!!

    Te felicito por el cuento del libro TRIO VIVO

    Es fantástico,lo leí mas de una vez.

    Me resulto atrapante.

    Felicitaciones y mis deseos de mucha venta !!!

    Un abrazo, Lili

    ResponderEliminar
  8. GRACIAS LILI!!!
    Un placer que hayas pasado por aquí y un honor tu comentario...
    Igual, que poder haber contado contigo y tu maravillosa obra en nuestra presentación!
    Besos! =)

    ResponderEliminar
  9. Gracias Lady Lover!!! (Tarde pero seguro! jeje)
    Besos y te espero cuando quieras!

    ResponderEliminar

¡Bienvenido a Cuenta Conmigo...!
Y muchas gracias por comentar.