Cuento con ellos

24.10.10

DARSE CUENTA...






Se alzó poderosa y lo sorprendió con un beso en plena boca. 
Un beso profundo, cálido…
Él jamás hubiera esperado semejante demostración, pero no se resistió. 
Lo disfrutó sin hacerse ninguna pregunta.
Demasiadas veces lo había imaginado y demasiadas, también, se había sentido defraudado.  
Así que, en ese momento, sólo se dejó llevar.

Cuando se alejó de nuevo, la miró como si no le perteneciera. 
La estudió en todos sus detalles. 
Se demoró en cada línea como si en ello se le fuera la vida. 
Y se sintió satisfecho. 
Feliz en realidad.
Y estrenó una sensación placentera y acogedora.

Porque todas las anteriores habían tenido algún defecto. Notorio a veces, imperceptible otras. 
Pero siempre, después de su concienzudo análisis, ninguna había pasado la prueba. 
Y su desdicha aumentaba.
Una desdicha que le hacía temer que por más que se esforzara, no lo lograría nunca. 
Jamás llegaría a él,  aquella que le sacudiera el alma y los sentidos en los extremos que necesitaba.

Pero esta vez había sido distinto. 
Y lo mejor es que fue sin proponérselo.
En un principio, y después del beso, no quiso hacerse muchas ilusiones. 
Porque nunca había sido una tarea sencilla y, de alguna forma,  temió que esta pequeña maravilla, escondiera alguna falla que no pudiera percibir con facilidad. 
Pero no. 
Se había convencido de que no.
Y volvió a renovar la sensación.

Los primeros días fueron idílicos, como es lógico. 
Nada estaba mal. 
Todo crecía sin fisuras y la excitante fascinación era el estado natural.
 Su condenada existencia había vuelto a cobrar brillo. 
Un brillo que excedía sus propios  límites y se escapaba por cada poro de su piel.

Pero nada eterno…
Mucho menos cuando las exigencias son muchas, o la realidad tan contundente.

Porque era evidente que no había nacido para consumirse en ese fuego.
Y sólo se trataba, una vez más, de una burda fantasía alimentada por ensueños infantiles. 
De un anhelo ingenuo de comprobar lo que significaba ser capaz y haberlo logrado…

Decidió que no probaría más.
Los cachetazos habían sido muchos...

Dejaría de esperar e ilusionarse. 
De buscar y desesperarse. 
De creer en utopías. 
De imaginar quimeras…

Y así, simple y penosamente, puso  por fin los pies sobre la tierra. 
Y tomó coraje…
Selló su alma, se despidió  doliente de sus palabras torpes...


...y escondió, en el último estante del pequeño placard del fondo de su casa, su antigua e inútil máquina de escribir…






10 comentarios:

  1. ¡Genial!
    (La otra posibilidad es dejarla como un adorno... Ja, ja)

    ResponderEliminar
  2. Que bien escrito.

    Me puso triste. toda renuncia es triste.

    Buen relato.bien llevado.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. Jajajajaja!!! Es una excelente idea Orlando!
    Gracias...otra vez!
    Besotes!

    ResponderEliminar
  4. Es verdad Gaucho...todas las renuncias son tristes...pero a veces son inevitables....
    Besos y gracias gracias gracias por estar siempre!!!

    ResponderEliminar
  5. renunciar a la máquina de escribir no es renunciar a escribir. ¿será que se quiere aggiornar?
    Yo tengo una de adorno.
    El texto deja cierta nostalgia.
    besotes

    ResponderEliminar
  6. Si Su...el texto es ¨nostalgioso¨...
    Y si...podríamos pensar que se va a comprar una super compu de última generación,no?...jajaja
    Besos!!

    ResponderEliminar
  7. Yo tengo en el armario la vieja Olivetti con que escribí mi primer borrador de novela. El cuadreno parecía que había tenido un accidente de auto, todo manchado de esa pasta blanca que se utilizaba para corregir errores.
    Indudablemente, es mejor el ordenador: borra y corrige en un momento sin manchar nada.Antes, o rompías el foloio o lo llenabas de tipper blanca.
    Excelente texto, Leny. Un beso.

    ResponderEliminar
  8. Hola Juaaaaannn!!! Tanto tiempo!
    Me encanta que hayas venido a visitarme y también me encanta que te haya gustado...
    Se te extraña, sabés?
    Besos enoooooooooooooormes!

    ResponderEliminar
  9. Pienso que cambiar de hábitos, es chungo, y sobre todo cuando el tantra que emite las teclas de la máquina al herir el papel, te ha acompañado durante tanto tiempo que ya forman parte de tí.

    Besos

    ResponderEliminar
  10. Por eso yo no voy a cambiarlo, Rafa...
    Me encanta el hábito y es verdad...ya forma parte de mi vida al menos!!
    Besos y gracias por pasarte por aquí y comentar!!!

    ResponderEliminar

¡Bienvenido a Cuenta Conmigo...!
Y muchas gracias por comentar.