...¿Adónde estabas?...
Alelí se bajó
del colectivo dos paradas antes aquella tarde. Quería caminar.
Ya en la vereda, metió la mano en su mochila para sacar un chupetín de bolita. Rebuscó el de frutilla y lo encontró en el
fondo. Mientras sacaba el envoltorio con actitud compenetrada, dobló en la
esquina. Finalmente se lo metió en la boca, calzándolo diestra en la comisura
derecha. Su cachete se infló puntiagudo y rozagante.
A Alelí le gustaban las calles de su nuevo
barrio. Arboladas y frescas. Y aunque al principio le costó encontrar un
departamento que se ajustara a su presupuesto, después de algunas decepciones, lo
había conseguido. Pequeño, luminoso y en
un tercer piso por escalera que, para su eterno optimismo, le servía de ejercicio
extra.
Igual era acogedor, y eso para ella era más que
suficiente.
Aquella tarde caminaba sin apuro y dejándose
envolver por los aromas cotidianos que empezaba a reconocer como propios. Pero
a unos cincuenta metros del puentecito del Sarmiento, la figura de un hombre apostado
sobre el barandal le llamó la atención.
Empezaba a anochecer y aunque no le asustara recorrer
aquellas cuadras solitarias, una inquietud le hormigueó en el cuerpo. Pensó en
cruzar para pasar el puente por la vereda opuesta, pero sería una tontería…
“Los criminales no desisten de la idea
porque te cambies de calle”…
El hombre, subyugado por alguna imagen en la
lejanía, parecía no reparar en nada. Los antebrazos, apoyados sobre el paredón
de piedra, le elevaban los hombros y sostenían el peso de una espalda curva. Y uno
de sus pies, en punta y cruzado tras el otro, favorecía la postura indolente.
Pero, de pronto, sonó la bocina del tren
avisando su paso y un movimiento imperceptible alertó a la muchacha. Un tenue
temblor. Una contracción muscular que él le imprimió a su cuerpo, atravesándolo
con urgencia.
Y Alelí actuó sin pensar. Sólo a unos cuantos
pasos saludó estridente.
— ¡Hey!... ¿Cómo anda?...
El hombre se petrificó con una mirada sobresaltada.
—
¿Qué…? — Respondió sin terminar de comprender.
—
Digo, qué cómo anda… — Volvió a saludar la
muchacha sin inmutarse.
—
Bbi...en... pero… ¿La conozco?...
—
Sí, claro. — Insistió ella, — ¿Usted no es
Simón?... ¿El dueño del lavadero de ropa?...
—
No, no… Me confunde…
—
¡Ah! Es re parecido… No importa. Igual es del
barrio, ¿no? Porque su cara me es familiar.
—
Si… No…bah, más o menos. No vivo lejos… Pero yo
no la conozco a usted…
Alelí ya se había ubicado sobre la baranda sintiendo la
vibración y codo con codo con aquel hombre que luchaba contra la interrupción.
— ¡Qué raro! — Continuó la joven. — ¡Hubiera
jurado que lo conocía!... ¿Está seguro de que no nos vimos nunca antes?...
—
Absolutamente…
—
Hmm… OK… Si usted lo dice… — Y se acomodó mirando
hacia el frente tal como lo había visto a él unos minutos atrás.
El hombre la observó desconfiado. Sin importarle las
respuestas, la muchacha jugueteaba con un chupetín entre los labios tranquilamente
a su costado.
—
Perdón señorita…
Lo miró con ojos francos e interrogantes, y él
experimentó un inesperado bienestar.
—
¿Sí?... — Preguntó sin titubear,
—
No…nada… Sólo que si le acabo de decir que no
nos conocemos, es raro que siga acá…
—
¿Por? — Insistió ella.
— ¿Cómo por?... Yo entiendo que hubo una
confusión, pero ya está aclarado… ¿Qué hace parada al lado de un desconocido?...
—
¿Conocerlo, tal vez?… Ahora…si lo molesto...
La brutal sinceridad lo conmovió dejándolo sin
respuesta.
—
¿Lo molesto?… — Repitió.
—
No… — Contestó él recuperándose. — Molestar lo
que se dice molestar, no… pero…
—
¡Entonces me quedo! — Concluyó dedicándole una
sonrisa.
El hombre sintió que, extrañamente, la incomodidad se desvanecía. La joven
irradiaba una energía cálida y placentera. No resultaba agresiva. Tal vez un
poco estrafalaria pero tampoco parecía una cualquiera en busca de algo más. Igual,
aunque lo fuera, a mal puerto había ido
por leña. En unos minutos se cansaría y lo dejaría en paz. Pero mientras tanto
y por si no ocurría, no iba a resistirse más al providencial remanso.
Volvió a su postura original relojeándole el
perfil con disimulo. La chica vestía a la moda aunque sin estridencias, y una
monumental mochila asomaba tras su hombro derecho. Pero por sobre todo era muy
joven… “No más de dieciocho años”…
— Veintidós, para ser exactos… — Dijo ella de
pronto.
Él se sobresaltó.
— ¡Epa! ¡No se asuste! ¡No soy una bruja! — Y
lanzó una carcajada fresca. — Simple deducción… Es lo primero que me
preguntaría yo en sus circunstancias… ¡Además lo pesqué mirándome de contrabando!...
— ¿Veintidós?... — Se asombró él. — Parecés menos… ¿Te puedo tutear,
no? Casi que podría ser tu padre…
—
¡Ehhhh! ¡No exagere!
— Es verdad. — La sonrisa se le coló sin que
pudiera evitarlo. — Para padre hubiera
sido precoz pero hermano mayor, si…
— ¿Cuántos años tiene?...
— Treinta y cinco.
— ¿Vio?... ¡No es para tanto! — Le respondió con
una expresión que se iluminó aún más cuando
repreguntó: — ¿Te puedo tutear yo también?...
— Claro… — Y volvió a sonreir.
Permanecieron en silencio por unos minutos. Ahora ambos
perdían la mirada en la lejanía.
— Éste es el único puentecito al que le falta poner
el alambrado… — Comentó Alelí de pronto guardándose en el bolsillo el palito
desnudo del chupetín.
—
Es verdad…
— Yo lo cruzo todos los días cuando vuelvo del
trabajo… Pero, vos… ¿Por qué estabas justamente acá?...
El no contestó.
— Digo… — continuó ella — En general la gente
elige los enrejados. Supongo que se sentirán más seguros… ¿Viste la cantidad de
personas que se fascinan con el paso del tren bajo los puentes?...
—
Ajá…
—
Imagino que hay algo poderoso en sentirlo la
avanzar sin que pueda tocarte, ¿no?... Lo mismo que sacudirse con la
construcción cuando pasa justo por debajo…
—
Seguramente…
Alelí comprendió que la distancia se agazapaba
otra vez. Y giró para enfrentar el fugaz entusiasmo que amenazaba perderse. Unos
ojos jóvenes pero antiguos, la recorrieron con una velada agonía de desencanto
cuando lo miró.
Y ella decidió ir por más.
—
Hoy salí más temprano del trabajo, ¿sabés?... — Tanteó cambiando de tema. —Anunciaron una huelga
sorpresiva de transporte y para
evitarnos inconvenientes nos dejaron ir dos horas antes.
—
¿Sí?... No me había enterado… — Contestó él con
desgano.
— Si… Y también cobré el sueldo. — Insistió
pertinaz. — No es muy alto pero a mí me alcanza…
—
Me parece bien… — Volvió a responder.
La muchacha se cruzó de brazos y arqueó el talle sobre
el paredón buscando, otra vez, aquellos ojos tristes.
—
¡Hey!... ¿Sabés de que me doy cuenta recién
ahora? — Casi gritó en un último esfuerzo.
—
No… ¿de qué? — Dijo él arrugando las cejas y
tapándose el oído con el dedo.
—
¡Qué no nos presentamos! — Concluyó sin
importarle el gesto del muchacho. — Con todo el lío de la confusión…
La sonrisa de Alelí era tan limpia que le volvió a
ganar.
—
Es verdad… — Cedió él. — Decime, entonces… ¿Cómo
te llamás?...
— ¡ Alelí! — Contestó acentuando su cordialidad.
—
¿Alelí?...
Y la carcajada sonó tan genuina que la muchacha lo miró con decepción.
— ¡Disculpame! — Se apresuró a contestar, enternecido por la desolación. — No quise ser descortés, pero no me lo esperaba… ¿A
quién se le ocurrió ese nombre tan... particular?
Ella arremetió desafiante.
—
¡A mi abuela!... ¡Y a mí me encanta!
— Ok. Ok. — Volvió a decir él refregándose los
labios para no empeorar las cosas. — Al menos fue original la abuela…
— Bueno…¿Y a ver?... ¿Cómo se llama el señor “meríodelaschicasindefensasconnombresoriginales”?...
— Preguntó Alelí quebrando la muñeca en la cintura y ladeando la cabeza
provocativa.
—
Alfonso y en cuanto a lo de chica…
—
¡¿Alfonso?!... ¡Ah bueeeeenooooooo!...¡Si el muerto
se asusta del degollado!…
— ¿Perdón? — Ahora el ofuscado era él. — ¡Señorita,
por si no sabe, el mío es nombre de reyes!
—
Será nombre de reyes pero, ¡es bien feo!
— ¿Sí?... — Preguntó simulando desilusión.
— ¡Sí!...Bueno…En realidad no… — La treta parecía
dar resultado. — Mi abuela siempre decía que los nombres no son lindos ni feos.
Son las personas las que les dan la cualidad…
—
Hmm… ¿Sabés qué?...Tu abuela tenía razón… Porque
el tuyo es precioso… — Se rindió él.
Ella volvió a sonreir comprendiendo finalmente que comenzaba a ganar la batalla. Con renovada
tranquilidad se acomodó la mochila y lo miró cómplice
— ¡Tengo ganas de festejar que cobré y me dejaron
salir temprano!... — Exclamó en un impulso. — Conozco una pizzería buenísima.
Acá a dos cuadras nomás… Me agarró hambre… ¿Me acompañarías?...
El observó aquella sonrisa con el corazón agradecido.
—
¡Claro que sí!, pero… ¿Antes me contestarías una
pregunta?
—
Dale…
—
Decime… — Susurró él. — ¿Realmente me
confundiste con el dueño del lavadero?...
Alelí bajó la mirada y, con las manos en los bolsillos
de la camperita, refregó las zapatillas sobre la baldosas.
— Si me prometés que nunca más te vas a parar acá
a pensar estupideces te lo contesto… — Murmuró avergonzada.
El muchacho le sujetó la barbilla y alzándole la
cabeza le sonrió por tercera vez desde el encuentro.
— ¿Estás segura de que no sos bruja vos?... — Preguntó.
— Tal vez… — Y le guinó un ojo.
Cuando el puentecito se estremeció con el paso
de un nuevo tren, ellos ya habían doblado en la esquina.













Está lindo... pero me parece que para ser una chica de 22 años es demasiado efusiva. Tiene continuación?
ResponderEliminarSi ser efusivo significa poder manifestar los afectos y las alegrías vivamente, creo que nunca es "demasiado" y que cualquier edad(gracias a Dios!) es adecuada...
ResponderEliminarIgual yo prefiero verla genuina e intuitivamente generosa...
Y no... No hay continuación...
Gracias por pasar por acá y dejar tu comentario!
Saludos!
Que bien llevado.
ResponderEliminarMe gustaron los diàlogos.
Un abrazo.
Hola Gauchito, tanto tiempo!!!
ResponderEliminarCómo siempre, un placer recibirte...
Me gusta que te guste ;)
Besos!
Muy bueno, Leny, me encantó.
ResponderEliminarAbrazo.
Gracias Juanma!
ResponderEliminarUn placer y un honor que hayas pasado por aquí... Y mucho más que te haya gustado...
Beso grande!
Hola, Leny: he vuelto a leer este precioso relato y a dejarte un beso.
ResponderEliminarGracais Juan... Sos un amor! =)
ResponderEliminarencantador relato y muy encantadora alelí. deberian existir mujeres como ellas. saludos.
ResponderEliminarp.d: te invito a visitar mi blog
Bello relato:
ResponderEliminarlos personajes frescos
y la historia interesante.
un gusto leerte Mario
La vida es un misterio y un desconocido puede salvarte de algo malo, por ello pienso que la bondad forma parte de la naturaleza human, otra cosa es que decidamos dejarnos llevar por ella o no.
ResponderEliminarMe encantó el relato, y el blog en general, enhorabuena.
Un abrazo