Esta historia tiene un origen y un porqué... Pero eso es irrelevante... =)
Larisa
observaba su pie deforme mientras aguardaba paciente el turno, en la sala de guardia del hospital.
Sentada en el mismo lugar en que su hermano la había dejado con la promesa de
volver un par de horas más tarde para acompañarla.
— Vos quedate acá tranquilita que yo voy hasta tu trabajo y
explico las cosas personalmente. Ni se te ocurra moverte, ¿eh?... — Le dijo
con una sonrisa tontona. — Si te llegan
a llamar antes de que yo vuelva, levantas la manito y pedís una sillita de
ruedas o a alguien que te haga de bastón... ¡Ni se te ocurra repetir
acrobacias, que por hoy ya cerraron el circo!...
Dicho esto, le acarició la cabeza,
le acomodó los lentes que se le habían bajado hasta la punta de la nariz y se
fue, festejando su propio derroche de obviedades
con una carcajada generosa e inoportuna.
Ella
lo vio partir con alivio.
Tomás
era un buen tipo, pero pesado y, de haberse quedado, se la hubiera pasado taladrándola
con un montón de frases hechas que sólo lograrían espesarle aún más el humor y estimularle
las ganas de salir corriendo. Y dadas las circunstancias... Un humor más denso, sin posibilidad de
huidas, resultaría altamente insoportable.
Igual,
estaba convencida de que no volvería. En cuanto se encontrara con Martita, su
compañera de trabajo, se quedaría atormentándola con sus pegajosas galanterías.
Una
vez que su hermano desapareció tras la puerta, ella volvió a mirar su pie
derecho.
“Parece una morcilla”, pensó al tiempo
de darse cuenta que las frases hechas eran parte de la genética familiar. Y no
pudo evitar sonreir.
“Naciste con el pie izquierdo” solía decir
su madre ante cada uno de sus infortunios. “Sos
catrasca” repetía su abuela con sorna, cuando se enteraba.
Y así,
entre tanto decir y repetir, Larisa fue creciendo haciéndole honor a las apreciaciones familiares.
Sin
ir más lejos, aquella misma mañana, desparramando cuanto había en la mesita de
luz, para apagar el despertador mientras intentaba salvar sus desvencijados
anteojos de la batalla librada por su torpe manotazo.
O en
el desayuno, cuando su tuerto gato Morgan se cruzó en busca de alimento y lo sorteó
con un extraordinario paux de deus que terminó con la taza estrellada contra la mesada, el gato milagrosamente a salvo por
su natural perspicacia, y el pie derecho en una estrafalaria contorsión bajo su
contundente humanidad.
Entonces.
aquí estaba.
Esperando
que la atendieran en la salita del hospital del barrio, por undécima vez durante
el último año.
“Maldita suerte... Mi vieja tiene razón...”
— Treinta y ciiiincoooo... — Dijo, de
pronto, una enfermera que salió del consultorio principal.
Larisa
miró el numerito que sostenía en la mano. Cincuenta y uno...
“Y si... no tengo uno solo... Los dos son izquierdos”...
No
le quedaba otra que esperar a que le llegara el turno.
Y el
turno llegó, no sin antes haber recibido tres pisotones de pacientes apurados
que ni la vieron ni le pidieron disculpas, un empujón de una ancianita que se
zambulló, apenas quedó libre, en la media silla de al lado y un par de
puteaditas por lo bajo al ocupar un poco más del lugar socialmente aceptado.
Ni
bien escuchó el número, levantó la mano tal como le había dicho su hermano,
pero la enfermera sólo la miró curiosa y volvió a entrar al consultorio.
Esperó
unos segundos, y cuando se dio cuenta de que ninguna silla salvadora correría a
su encuentro y que todos los de su alrededor habían sufrido un repentino ataque
de sueño, decidió afirmarse en su pie sano y empezar a practicar para el
próximo campeonato nacional de rayuela.
— ¡Ni
pienso! — Escuchó decir clarito, clarito, a una vocecita no muy lejana.
Miró
a su alrededor en busca del imperativo interlocutor y sólo vio a sus ocasionales
y durmientes compañeros, que ni se mosquearon.
Seguramente le había parecido, así que intentó
reanudar la maniobra. Pero fue imposible. Algo pasaba. Algo bastante más
inusual que sus reiteradas malas suertes.
— ¡Dije
que ni pienso!... ¡Y mucho menos si no me pedís las disculpas correspondientes!
— Repitió la voz.
Comenzó a transpirar. “¿Quién está hablando”?... “¡Ya sé!...
Seguro que el calmante que me tomé antes de venir estaba vencido y se me están
manifestando los efectos colaterales...”
— ¡Qué
efectos colaterales, papa frita!... ¡Soy yo!... ¿Me ves?...
Larisa
dirigió su mirada hacia abajo, desde donde provenía la pequeña voz. Y no pudo
evitar un alarido.
Su
pie izquierdo, enfundado en una desgastada ballerina que dejaba el empeine al
descubierto, le sonreía indolente en una
mezcla de ofuscación y complicidad.
Todos los
presentes se despertaron de golpe y la muchacha se sonrojó, transformando su rubicunda
naturaleza, en una manzana hecha y derecha.
— Eeeehh... Es que...Es que me duele... —
Trató de justificar con rapidez, aunque
no pudiera salir de su asombro.
— ¡¡Ahhh!!!— Fue la interjección general.
Y todos se volvieron a dormir.
Desesperada, hizo
un nuevo intento, pero su pie se volvió a negar.
— ¿Qué
parte del “ni pienso” no entendiste?... — Insistió— ¿Acaso
no te das cuenta que no voy a hacer ningún esfuerzo?... ¿¿¿¿Qué estoy
haaaaaaaaaaarto de que me eches la culpa de todo????...¡ NO, NO y NO ¡... ¡ME NIEGO!
— ¡Pero eso es imposible! Sos... sos... ¡¡¡Un
pie!!!— Masculló Larisa, tratando de que no la oyeran, aunque a nadie le
importara demasiado lo que pudiera decir o pasarle.
— ¿Imposible?...
¿Te parece?... Yo no lo creoooo... — Canturreó el impertinente.
Larisa
se convenció de que se trataba de un efecto alucinógeno del analgésico vencido
y no cejaba en los intentos de incorporarse. Pero el desgraciado parecía atornillado
al piso y los ignoraba, displicente.
En medio
de su infructuosa labor, la enfermera
asomó su cabecita desde el consultorio y con un gesto alentador la miró,
mientras le decía:
— ¿Y, querida?... ¿Pensás venir o llamo al
que sigue?...
— Es que... necesitaría ayuda... — Suplicó Larisa señalándose la pierna.
Recién entonces la enfermera tomó
conciencia de la morcilla que descansaba sobre las baldosas.
— ¡A ver, Gómez si me conseguís una silla
para trasladar a esta chica! —Exclamó dirigiéndose a nadie en especial y a
los cuatro vientos. Y volviéndola a mirar, agregó: — Esperá a que me la traigan y mientras tanto hago pasar al que sigue... ¡Cincuenta
y doooos!
La viejita del empujón, se despertó de golpe y saltó
de la silla rumbo al consultorio. Cuando la puerta se cerró, Larisa volvió a
convencerse de que la buena fortuna siempre era cuestión de los otros.
— ¿No
ves?... ¿Te das cuenta?... — El piecito volvía a la carga. — ¿Cuándo vas a aprender vos?...
— ¿Qué tengo que aprender?... — Murmuró sintiéndose una imbécil.
— ¡Eso,
justamente!... Tu eteeeeeeeeerna autocompasión y lloriqueo... ¡Siempre
lamentándote, che!... Siempre maldiciendo tu suerte...
— ¿Pero quién sos vos para venir a decirme
eso?...
— ¡¡¡¿¿Cómo
quién soy??!!!... ¿Vivís mancillando mi buen nombre y honor y me preguntás
quién soy?...¡¡Noooooo querida!... ¡¡De ninguna manera te voy a permitir
semejante desplante!!
— ¿Pero qué hablás?... ¡¡Si vos sos mi propio
pie!!
Sin darse
cuenta, Larisa había elevado el tono y la gente a su alrededor, la observó con
curiosidad.
—Esteeemmm... — Balbuceó mirando a todos
en general y a nadie en particular. — Mi
pie... me habl...me duele, digo... me lo torcí, a mi propio pie... Yo misma, me
hablo a mi misma porque me torcí mi propio pie... je...
La mirada fue
la que solía recibir cada vez que se mandaba alguna de las suyas. Una mezcla
desagradable de pena y fastidio. Por suerte, y como siempre, tardaron segundos
en dejar de prestarle atención.
— ¡Me cansé!... — prosiguió su rebelde
extremidad. — No voy a seguir cargando con culpas que no me corresponden... ¡Desde
este preciso momento me declaro en huelga por tiempo indeterminado!
— ¿Pero qué es esto?... — Susurró otra
vez— Vos no tenés voluntad propia. Vos hacés lo que
te mando yo...
— ¿Ah, sí?...
¡Mirá vos!... Y entonces... ¿Qué hacés acá discutiendo conmigo si se puede
saber?...
Larisa no supo qué contestar.
— ¡Ya
sé! — Insistió el insolente — El analgésico vencido, ¿no?... ¿Y esta
mañana?...el gato que nunca se fija por dónde camina... ¿Y la semana pasada?...
La vecina que cuando sale a baldear la vereda no se le ocurre mejor idea que
mojarla con agua...O la columna, que no tiene otro lugar para pararse que en la
esquina donde justo se te mete en el zapato, la única piedra suelta que andaba
por ahí... O el verdulero que tiene que levitar para transportar los cajones...
O...
— ¡Bueno basta! — Gritó la muchacha.
Eso fue suficiente para que las
miradas furtivas, se convirtieran en plenas inspecciones.
— Esta chica no está bien de la cabeza...
— Escuchó murmurar a una mujer sentada un par de sillas más allá.
— Y también... — Contestó el ocasional
compañero con una sonrisita burlona y procaz.
Larisa comprendió, una vez más,
que a nadie le importaba un bledo lo que le pasara.
— ¿Por
qué ponés esa cara de ternerito desvalido?...
No había caso. Su condenado pie
izquierdo se había empecinado en trastornarle la existencia.
— ¿Qué
pretendés?... ¿Vos te detuviste a pensar alguna vez?... ¿Hacés el más mínimo
intento de mejorar las cosas?... “Unos nacen con estrella y otros nacen estrellados”
machaca tu invariable conformismo... Y así seguís... Viendo el ahogado antes
que al río... ¡Pero se acabó!... Ni siquiera yo te quedo ahora para echar las
culpas... ¡A ver cómo te las arreglás ahora!... ¡REBELIÓN, SE HA DICHO!
— ¡Qué rebelión ni qué rebelión! — Se
envalentonó Larisa
— ¡Aaaahhh!...
¡Conmigo te hacés la malitaaaa!... ¡Sí!¡REBELIÓN!...¡Rebelión, rebelión, rebelión!...
— ¡Terminemos con esta pavada! — Redobló
la muchacha — Vos sos mi pie y vas a
hacer lo que yo te diga...
— ¡No!
— ¡Sí!
— ¡He
dicho queeeee no!
— ¡Y yo he dicho que sí!...
— Pedime
disculpas...
— ¿Disculpas?...
— Si.
Disculpas. Y quiero la promesa de que no
me vas a volver a hacer responsable de tus supuestas desdichas ni a mí, ni a
nadie...
— Pero...
— ¡Pero
nada!... ¡Disculpas y promesa!
— Yo no entiendo...
— Si
que entendés... más de lo que querés admitir...
— Es que la vida se empeña...
— La
vida no se empeña en nada... La única que se empeña en que la vida sea lo que
es sos vos... Vamos...primero las disculpas...— Exigió el pequeño
comenzando a golpetear el piso.
— Perdoname... — Empezó a decir Larisa.
— ¡Muy
bien!... Y ahora la promesa...
— Pero... yo no puedo prometer que...
— Vos
no sólo tenés que prometer... Lo tenés que cumplir. Tenés que agarrar el toro
por las astas... Mirar el vaso y verlo medio lleno... Entrenar tus mejores
caras para los peores tiempos... Y, fundamentalmente, dejar de lamentar tu
perra suerte...
La muchacha se había quedado sin
palabras. La situación había excedido cualquier fantasía delirante y
desquiciada.
Cuando estaba a punto de abrir la
boca, la enfermera volvió a aparecer.
— Ya viene tu silla mamita, ¿eh? — Comentó
sin dedicarle una mirada — ¡¡Gómeeeeeeez!!!
— Llamó una vez más, como al pasar. — Bueno,
sigo mientras tanto... Cincuent...
— ¡NO! — Gritó Larisa. Y todos la
miraron estupefactos. — ¡Sigo yo!
En un esfuerzo impensado, logró apoyarse
sobre su pie sano. Y lo miró. Desde el suelo, el pequeño desgraciado la
observaba receloso.
— Pero... ¿Podés?... — Preguntó la
enfermera atribulada.
— No... pero sigo yo. — Repitió.
El pie comenzaba a acomodarse.
— ¿Te ayudo? — ´Preguntó, de pronto, una
voz a sus espaldas.
La muchacha giró apenas para
contestar.
— Si es tan amable... Sólo necesitaría un
apoyo hasta llegar al consultorio...
El hombre se acercó y la tomó del
brazo. Larisa se afirmó y mirando hacia abajo agregó:
— Le agradezco mucho ¿sabe?... La verdad es
que no quiero forzar a mi otra pierna... A ver si todavía se me rebela y no me
quiere sostener más...
Y mientras avanzaba sin dejar de
devolver algún que otro pisotón distraído, levantó la cabeza imaginando una
satisfecha sonrisa ocultándose bajo la pequeña ballerina...













Que relato surrealista.
ResponderEliminarMe gustò.
Un abrazo.
Me gusto mucho y me aplico la moraleja: no quejarme de mi mala suerte y ver el vaso siempre medio lleno. Un beso, querida Leny.
ResponderEliminarGaucho...Juan... Mil gracias por pasar y dejar siempre sus amables comentarios...
ResponderEliminarBesos a ambos!