Sin dejar de observar el tablero de ajedrez sobre la vetusta mesa de madera, sólo tuvo que hacer una seña para que lo dejaran entrar.
Cuando el Colorado se paró ante él, apenas levantó los ojos.
Lo conocía de memoria y aunque en un tiempo lejano ya, ese rostro le agradaba, hacía rato que prefería no ver en qué se había convertido.
— ¡Así me gusta!... Terreno neutral... — Fue lo primero que se le ocurrió decir al recién llegado.
El viejo ni se inmutó.
— ¡Ché!... ¿No hay nada para tomar acá? — Insistió, preguntando con prepotencia.
Todos los presentes se quedaron expectantes y hubo algún que otro carraspeo. Pero el anciano movió un alfil y dijo sencillamente:
— Sírvanle lo que quiera...
— ¡Pero qué bien! — Se asombró el Colorado. — La verdad es que no esperaba tanta hospitalidad...
Recién entonces el Viejo le dirigió una mirada directa. El otro acusó recibo y no pudo menos que desviar la suya con disimulo.
— ¿Me podré sentar? — Volvió a preguntar bajando el tono.
— Sentate... — Fue la única respuesta.
— Gracias... — Contestó aferrando la silla más cercana por el respaldo y acomodándola al revés para usarla tal como lo hacía el Viejo.
Le imitó hasta la postura. A horcajadas y con la barbilla sobre los antebrazos apoyados en el respaldo.
— ¿Está buena la partida que se está jugando con Usted mismo? — Ironizó, intentando una conversación.
— ¿Y quién te dijo que la juego conmigo mismo? — Respondió el anciano alzando una ceja y con la sonrisa ladeada.
— ¡No me tome por estúpido, quiere! — Gritó el impertinente, irritado — ¡Acá no veo a nadie más que a usted frente al tablero!
— Yo no te tomo por estúpido... Nunca lo hice... Un miserable quizás, pero estúpido no...
El Colorado lo miraba echando fuego pero no dijo nada. Sus acólitos se habían alejado hacia un rincón más oscuro del lugar. No parecían estar muy cómodos y sólo esperaban que el patrón terminara rápido.
— No le conviene mover ese caballo. Su contrincante lo va a acorralar. — Dijo con sorna pero sin perder la iracundia.
El Viejo dejó su mano sobre el trebejo y suspiró.
— ¿Y cuál pensás vos que conviene mover? —
— La Torre...
— A veces hay que hacer ciertos sacrificios... — Contestó apesadumbrado. Y movió el caballo.
— Tal vez... — Dijo el colorado. — Pero no siempre valen la pena... — Agregó comiéndoselo sin reparos.
— Depende de lo que para vos signifique valer la pena... — Aclaró el Anciano sin sorprenderse por la intromisión.
El aire se espesaba sin que ninguno pudiera hacer nada para evitarlo. Nadie se movía. Parecía que ni siquiera respiraran.
Finalmente el colorado volvió a hablar dejando de prestarle atención a la partida.
— Bueno... ¿Vamos a lo nuestro?... — Preguntó impaciente.
— ¿Lo nuestro?... — El Viejo no pudo evitar sonreir. — No hay nada nuestro...
— Vamos...no se haga el tonto... Usted sabe que todo se trata de lo nuestro.
— Quizás quieras decir tuyo o mío... Pero... ¿nuestro?... ¡No pibe! Nuestro no existe...
— ¡Deje de subestimarme, quiere!... ¡Si no existiera no estaríamos acá hablando usted y yo!
— ¿Ves?... Ese fue, desde el principio, tu problema... Nunca pudiste entender que vos y yo no somos iguales...
— ¡Ah! ¿Sí?... Y si no lo somos... ¿Me puede explicar qué hacemos acá negociando?...
La carcajada del Viejo resonó como un trueno. Y todos los presentes se sobrecogieron.
— ¿Negociando?... Yo no negocio. Esos son tus términos.
— Pero estamos acá sentados uno frente al otro para definir lo que nos compete... ¿De qué se trata entonces?... — El Colorado se envalentonaba caldeando el ambiente.
— ¡Si serás atrevido! — Exclamó el anciano. — “Nos compete” — Y remedó sin dejar de sonreir con divertida solemnidad.
— ¡¿Puede dejar de tratarme como a un imbécil?!... ¿De qué se ríe?... ¡Si usted sabe de sobra que le vengo ganando por goleada!... Tal vez esa sarta de boludos que lo rodean le escriben mal el diario, o le soban el lomo creyendo que con eso están salvados... ¡No viejo, no!... ¿Sabe qué?... ¡Usted ya fue! ¡Ha muerto! ¡Out! ¡Game over! ¡Kaput!...
La atmósfera se desplomó como hierro candente sobre los presentes. El Colorado se estaba haciendo fuerte y hasta sus acompañantes habían salido de las sombras.
El anciano no se movió. Ni cambió su piadosa expresión. Un reparador frescor inundó el lugar.
— Si siguiera tu línea de razonamiento, tendría que preguntarte, yo a vos, qué es lo estamos haciendo acá entonces. Si estoy muerto... ¿Qué sentido tiene todo esto?
— ¡Usted me invitó!
— No... Yo te permití entrar, que no es lo mismo...
— ¡No me quiera envolver con su dialéctica! — Insistió tratando de recuperar terreno. — ¡Desde el Principio, esto es una guerra! Y usted la está perdiendo inexorablemente.
— La guerra la planteaste vos... pero... ¿me permitís que te diga algo?... — Sugirió el Viejo con suavidad.
— Diga...
— ¿Ves esta ficha?... — Preguntó alzando un peón.
— Si...
— Bien... Una ficha importante, pero elemental... Debemos avanzarla con cuidado hacia el enemigo para que logre su promoción, ¿verdad?...Y cuando llegamos a que se corone, la podemos cambiar por otra pieza... La que sea, menos las que ya salieron del juego... Pero a veces se nos escapa porque la imprudencia nos ciega y perdemos el objetivo final para lograr el inmediato...
El Colorado se impacientaba otra vez.
— Y desaparece del Tablero... Se va... ¿Cómo fue que dijiste?... ¡Ah, sí! ...Out. Game over para él…
— ¡Déjese de joder y vaya al grano, quiere!
— Otra de tus condiciones... La ansiedad... ¿Es que acaso no entendés?... No creo. Siento más bien, que preferís hacerte el tonto...
— ¡Yo no me hago nada!... — Gritó fuera de sí. — Estoy acá para que admita su derrota. Para que me deje de una vez el campo libre y se vaya a retozar donde se le cante. Quiero hacerme cargo de lo que me pertenece sin tener que aguantar que ande por ahí lloriqueando y esperando que lo escuchen, ¿se da cuenta?.... ¡Ya no lo escucha nadie más!... ¡Ahora me siguen a mí!...
El Viejo dejó el peón donde estaba e hizo una jugada. La indicada para que la torre se lo comiera sin esfuerzo. Y lo desechó junto a las piezas que ya no servían.
— Creo que, después de tanto tiempo, aún no lograste comprender cómo es esto. Qué papel jugás en esta historia... Si hasta parece que ni siquiera hubieras salido de Mí...
— ¿De qué habla?... ¡Yo tengo entidad propia!... Soy el único a su altura. Ninguno se atrevió a tanto... A lograr tanto... ¡Y todo me lo gané solito, sin su estúpida y misericordiosa ayuda!
Con la última frase fulminó desafiante a los que lo rodeaban.
— Indirectamente, y aunque te cueste reconocerlo, sos lo que sos por mí y por la libertad que te di desde el comienzo...
El Viejo, mientras hablaba, continuaba su solitaria partida.
— ¡Bueno, basta! — Volvió a chillar el Colorado. — ¿Va a dejar de hacerse el boludo y reconocer su final?... Tengo cosas que hacer y no quiero seguir perdiendo el tiempo acá. Además este lugar me produce urticaria...
— Es verdad... — Volvió a hablar el Anciano sin levantar la voz mientras avanzaba con el alfil. — Ya te dediqué demasiado...Y por otro lado, acabo de terminar... ¡Jaque Mate! — Sentenció finalmente, con tranquilidad.
El Colorado miró el tablero y se encolerizó aún más cuando el Viejo alzó el Rey hasta la altura de sus ojos húmedos.
— Hay algunos sacrificios que valen la pena, ¿verdad?...El Rey sigue vivo...
Junto a las últimas palabras del anciano, un inesperado vendaval se desató afuera y las Puertas se abrieron de par en par con un estruendo.
Una ráfaga de viento enloquecido se coló con intensidad y los primeros arrastrados fueron los infelices sicarios que berrearon desconsolados.
— Ya te expulsé una vez sin ningún esfuerzo... — Tronó la voz del Viejo por sobre la furiosa tormenta. — ¡Volvé a tu pestilente agujero y nunca te olvides de que Yo existo y existiré siempre y mientras así lo quiera!...
Lo último que vio el Colorado antes de que las Puertas se cerraran contra sus desorbitados ojos, fue el poderoso brazo que se erigía sosteniendo una pequeña y radiante pieza blanca de ajedrez...













Una mirada distinta, sobre el eterno concepto del bien y el mal.
ResponderEliminarMe retrotrajo a "El paraìso Perdido·, de Milton.
Un abrazo.
Hasta el final sin pestañear, eso es lo que has logrado de mí aun sin saber nada de ajedred.
ResponderEliminarSabes recrear el ambiente, la atmósfera interna del local; se ven los protagonistas y los testigos del enfrentamiento entre padre e hijo como si estuviera uno presente. Una gozada de relato.Comienzo bien la semana. Un beso enorme.
He tenido la grata sensación de estar leyendo una novela. ¡Enhorabuena, guapa!
ResponderEliminar